A DONDE VAN

Crónica (no periodística) de una caminata por 18 de Julio

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Miro el celular y consulto la hora: son las 18.05. Tomo la mochila y busco las llaves que siempre se encuentran en el lugar más evidente, el último que consideré a la hora de realizar la búsqueda. Vuelvo a mirar el celular por cuarta vez, son las 18.07. Ojear el celular sin realmente ver la hora ya se convirtió en una especie de comportamiento autómata. Parto a clase, se trata de un Programa de Periodismo para Profesionales en la Universidad ORT. Es como un tipo de revancha al arrepentimiento que me genera no haber estudiado Ciencias de la Comunicación o Ciencias Políticas.

Salgo a la calle, me encuentro en Arenal Grande y Rodó. Paso por el Disco pegado a casa y no puedo evitar pensar lo horrible que se vuelve éste los primeros diez días de cada mes, abarrotado de gente, o el infame “Todo por 10” que realmente me pone de mal humor. Prendo un pucho, quemo cenizas, y mientras el frío me corta les hago un gesto con la cabeza a los vecinos de la calle. Son siempre cuatro o cinco, y el rosado de lija es su astro rey. Siempre en el medio, rotando de mano en mano como un rito sagrado que Sebastián Teysera describió tan bien en su tema “El Viejo”.

Cuando llego a 18 de Julio el transito incisivo se vuelve protagonista. Paso por la parada de la avenida principal en la esquina Eduardo Acevedo y la duda se apodera de mí. El boleto céntrico junto al frío me tientan a tomar un ómnibus. Tanteo la billetera para ver si tengo cambio, 200 pesos lo más chico. No hace falta imaginar la cara del guarda al presentarle el preciado billete, por lo que decido continuar a pie. Sigo avanzando por la calzada derecha rumbo a la Plaza Independencia, percibo el olor a garrapiñada que se vuelve asfixiante, antes el carrito me había causado la misma sensación. Pocas cosas más ambiguas se me ocurren, que el asco y placer que genera al mismo tiempo comer una hamburguesa de estos típicos lugares montevideanos.

Sigo caminando. Después de las seis de la tarde el centro es un hervidero de personas, van y vienen. Gente que mira vidrieras, otros que simplemente marchan a ritmo apresurado con un destino seguramente determinado. La velocidad de la cuidad a estas horas no se iguala a la de ninguna otra. Probablemente vertiginoso para alguien del interior del país, y sosegado para un porteño o aquel que conozca Buenos Aires. Sigo gambeteando gente, al mejor estilo de un puntero desfachatado. El uruguayo tiene esa curiosa cualidad de caminar por el mundo mirando para abajo, repitiéndose a sí mismo: “Cómo el mundo no se da cuenta que soy lo mejor que le pudo pasar”.

Avanzo por 18 de Julio. Suena “Wonderwall” de Oasis en mi mp4, es la forma que encuentro de escapar al ensordecedor ruido automotor que copa la avenida. Esta se compone de abundantes comercios, muchos restaurantes, y pocos edificios destinados a vivienda. Algún árbol y alguna plaza le aportan algo de verde. Los quioscos siempre provocan la mirada de reojo, tapas de diario y a veces hasta alguna revista de chismes captan interés aunque ni siquiera las consumas. Las expo de ropa son grandes protagonistas, siempre cómplices de alguna mujer que se arrima. Los “promotores” me atacan con papeles de publicidad. Hay de todos, pero sobresalen aquellos de los lugares nocturnos de oculto placer. Esbozo una sonrisa, cuando pienso que alguna vez una ex novia se me enojó porque cuando caminaba con ella no me ofrecían dichos panfletos. La explicación no merecía demasiado discernimiento, la obviedad era grotesca.

Ya voy por Barrios Amorín, en las últimas cuadras bajo considerablemente la cantidad de gente. Cruzo mirada con el monumento al gaucho, siempre pienso lo mismo cuando lo hago: acá se fundó el glorioso Club Nacional de Football, curiosa debilidad de mi razón. Siento un tipo que viene charlando por celular, miro para atrás y noto que lo acompaña una chica, su novia asumo. El joven muchacho pasa una dirección e inmediatamente comenta: “un barsucho ahí”. ¡Paa! Que bello concepto pienso. En Ejido me cruzo con dos bellas señoritas, siento una extraña nostalgia de las ligeras prendas cuando el calor asoma.

Llego a Cuareim y doblo a la derecha, la universidad está ubicada por Uruguay. Cruzo el liceo Nº 34, la edad de los que están parados afuera me parece algo elevada para liceales, pero supongo esto se debe al horario nocturno. Cuando estoy en la esquina de Mercedes el semáforo me detiene, del otro lado de la calle veo aún más gente aglutinada que en el anterior centro educativo, se trata de la ORT que ahí se encuentra. Ya sólo una cuadra me aleja de mi objetivo, por lo que prendo el segundo y último cigarro.

Dos minutos después arribo a destino, enlentezco el paso para terminar el cigarrillo. Son las 18.30 y arribé en hora a clase. Me indigno con esa relación enfermiza con Montevideo, en que uno lo ama por un lado y lo detesta por otro. Entro a la materia redacción periodística con la tranquilidad del objetivo cumplido, mientras asumo lo vergonzoso del padecimiento recién vivido.

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