UNA BREVE HISTORIA POLONIENSE

3094_71001577548_572152548_1802305_2772216_n

Livia se llamaba. Italiana de padres uruguayos. Uruguaya hija de Italia. Licenciada en filosofía. Rubia, delgada y elegante. Bella en una extraña forma que nunca te había llamado la atención. No era tu tipo, pero su delicada figura te doblegó desde el primer instante. La viste, caminando por la costa, suelta y prisionera de su estilo. Pies mojados, pelo suelto y manos al viento. Sola y escoltada por el ruido blanco del oleaje. Sostenida por doradas arenas y un cigarrillo blanco con expresión sincera e intelectual. Pantalón remangado y rodillas descubiertas. Piel suficiente para entablar conversación. Livia se llamaba, con uve.

“Al polonio déjalo ser”, te dijo un amigo una vez. Ese lugar que encontraste para encontrarte. Su naturaleza viva. Su fauna escasa y peculiar. La escuela abandonada y caminos marcados de oscuridad intensa. Historia de vidas bohemias y náufragos legendarios. Traducción y herencia de artesanos. Aire de pescadores y cielo despejado. Su afán sin cuerdas. Sin ataduras ni aparatos diabólicos que distraen. Su manera única de ser, y de dejar ser.

Entrando tus treinta hace quince que homenajeas tu nacimiento en esa elegida burbuja. Ya no es lo que una vez fue. Te recuerdas bajo el techo de un rancho sin luz ni agua, sin nada más que tertulias borrachas bajo la sombra de velas que apuntaban el contorno de aquel viejo tablero. Eras alfil y caballo. Eras fuego improvisado bajo la bóveda estrellada. Eras reina y torre. Eras carne pacientemente ahumada sobre la leña recogida. Eras paz, rey y peón.

Pero todo se ha vuelto tan mercantil que ni el culo del mundo se salva. Los puestos de venta redundan en su abundancia, y la carencia que una vez supiste apreciar y despreciar te fue robada en pos de tu comodidad, de su modernidad.

Aún así, es tu lugar siempre elegido. Y otro día caluroso de diciembre te encontró bajo un sol enfurecido apenas golpeado por la sombra rebuscada. Rodeado de australianos y rusos. De ingleses y francesas. De daneses y alemanes. De argentinos y chilenos. Y de ella, la italiana. Tu propia aldea cosmopolita en la aldea menos aldea que conoces.

Todo lo que una vez fue, aquel rancho que una vez fue, ahora convertido en tamaña infraestructura para el fructífero y utilitario negocio de un amigo. Pero diciembre pasado se convirtió en tu diciembre recordado. Tarde de mate junto a la mesa, aire puro del que no se compra e idiomas que se cruzan en un entrevero universal. Leías a Dan Brown, agazapado esperando la arremetida prejuiciosa de todo detractor de lo comercial. Ella al otro lado de la mesa, tan enfrente y tan lejos, como a la distancia de un cosmos de culturas que se entrelazan.

No era tiempo de tonta timidez ni vergüenza hipócrita. Desde el primer momento supiste que sería esa noche o sería nunca. Sentiste entonces la efímera violencia del ataque que no puede ser esperado, el ataque que debe ser imprevisto y elaborado.

La encontraste acodada sobre aquella barra destilando clase y prestancia. Mujer de lujo, pensaste. Misma ropa, mismo peinado con rezagos de día cansado. Misma cara, que cambió luz natural por el tenue reflejo de la luz artificial. Te acercaste, te arrimaste sin disimulación, con la convicción de un león a su presa. Dijiste, dijo, y acento encantador mediante te volviste fan de su voz y sus palabras.

Compraste cada uno de sus gestos con inocente ilusión. Manos que describían calles de vida y sonrisa digna de ser apreciada de rodillas. Impostaste machismo e invitaste el primer ron. La primera mención a Gianni Vattimo valió el segundo. Luego Vico, Tincani y Esposito. Nietzsche y Dante. La estrellada filosofía se robó tu noche frente al océano.

El mar hablaba tranquilo y sereno, claro y caprichoso y de todas sus formas nos contemplábamos a nosotros mismos. Sentados bajo la luna luminosa ella pitaba el porro prendido, yo citaba Bourdieu, pitaba y teorizaba sociología espontánea e historias de vida. Mi historia, su historia, y nuestras bocas encendiendo fuego estrellado.

Pudo haber sido amor, de los más breves y perfectos amores. Quién dijo que el amor tenía que durar más de unas horas, más de una noche perfecta en un lugar perfecto. Lo hicimos sobre la fría arena, mientras la luna me regalaba la sombra de su cuerpo paulatinamente entibiado. Nunca antes ni nunca después aprecié la sombra que brinda la luna. Pero hicimos el amor, fuimos sexo y lujuria. Fuimos profunda banalidad y llana profundidad. Fuimos encuentro y anonimato.

Fuimos la perfecta memoria del olvido.

Fue mi Beatrice.

Anuncios