OLOR BARNIZ

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Te paras en seco. Buscas en el bolsillo izquierdo del pantalón el paquete de cigarros. No alcanzas a sacar ninguno porque el encendedor está adentro. Abres toda la cobertura, quedan dos. Haces girar la rosca y prendes el penúltimo. Despides una gran bocanada de humo. La primera nube es causa de tu exasperante vicio, la segunda te advierte el invierno primaveral. Respiración pausada, ojos entreabiertos, siempre fue tu manera de simular que estás pensando en algo profundo. Te sientas. Sientes como el frío del cordón te endurece las nalgas. Fijas la mirada. La puerta de barniz se impone.

Hueles el olor a barniz fresco, en realidad es la memoria emotiva que te lleva al momento en que pagaste cinco mil pesos por la puerta de barniz. Pero sientes el barniz, el olor que se parece a un libro nuevo. Es también el olor del hogar, no sabes bien porqué pero siempre asemejaste el olor a barniz al olor del hogar. Del otro lado el sonido de la tele, intermitente, la repetición de escenas una y otra vez, la parálisis del tiempo, el predecible hastío de la vida matrimonial.

Se podría decir que sos un burgués con culpa, típico clase media. Nunca enarbolaste banderas ni de libertad de expresión, ni de zurdo, ni de que padeciste la dictadura, ni de que te llevaron preso por decir verdades o por subversivo, ni de neoliberal, ni de inteligente, ni de mordaz. Sí se puede decir que fuiste algo rebelde, más bien algo adolescente. Luego, la responsabilidad mató sin piedad todo intento subversivo.

Pero pasando tus cuarenta años se puede pensar que has logrado cierta estabilidad. Según dicen, es tu mejor momento. Tienes una buena mujer. Tienes una buena casa. Tienes un buen hijo. Tienes un buen trabajo. No podrías quejarte demasiado, pero estos cinco minutos de nicotina son tu instante. Tu catarsis intrínseca y existencial, por llamarlo de alguna forma.

No te gusta demasiado tu trabajo, pero tampoco es el peor del mundo. Lo suficiente para sostener una vida digna, y olvidarse de todo lo relacionado al mismo apenas depositas tu dedo cuando marcas la salida. Es un buen trabajo, y en veintidós “cómodas” cuotas más tendrás tu propia casa. Es un buen trabajo a pesar de que tu jefe es un idiota. A decir verdad que tu jefe sea un idiota es lo que lo hace un buen trabajo. Es lo insensato lo que da su gustito. Tu manera especulativa de tratar de caerle en gracia a gente idiota, diciendo cosas idiotas y escuchando cosas aun más idiotas.

Tu mirada se enfoca en el pestillo. Atrás está ella, pierdes consistencia, solidez, humanidad. De hecho nunca lo habías visto tan claro, debe ser la perspectiva. Recuerdas cuando la viste por primera vez. No te pareció la mujer más hermosa del mundo, pero llevaba cierta elegancia distintiva. Hering rojo, vaquero azul holgado. Lo que te derritió fue el desinterés. Sumida en algún recuerdo, concentrada en cualquier otra cosa que no fueras tú. Puede que no sea la mujer más hermosa que conoces, pero es seguramente la mujer más hermosa que vayas a ver desnuda. Es curioso, comprender que en diez años de estricta convivencia solo se vio a la persona amada en tres oportunidades. En una ilusionante dimensión, tienes la certeza alocada de que la volverás a ver.

Siempre te pareció que la pareja es el reflejo más fiel de lo que somos y como actuamos, es decir, que las acciones de la pareja son el reflejo más fiel de lo que somos. El contra reflejo sería lo más adecuado, una especie de ser compensatorio. Sus modales, sus costumbres y sus gestos son la proyección de tus carencias. Sus actos, un espejismo de tus no actos.

Mueves la cabeza un instante, el sutil resplandor del sol se cuela entre las sombras de las ramas y dibuja la figura de Thomas. Tampoco sabes bien porqué, pero siempre te gustó el nombre Thomas. Capaz que siempre te quisiste llamar Thomas. Capaz que lo eligió ella. No sabes bien, pero le pusiste Thomas. Vino en febrero, casi inmóvil, inclinado, entre alaridos fáciles y lágrimas difíciles. En una de esas ya sabías que se iba a robar tus tiempos e igual no te importaría.

Fumas la última pitada esforzándote por salir de ese espacio neutro, sofocante, terriblemente denso, un espacio sin límites precisos, donde el tiempo, lo que suele llamarse tiempo, permanece detenido, parece no existir. Entonces, la carga emotiva explota con violencia

El discurso se corta en seco. Pausa. Breve pausa. Un crujir insistente de tus huesos cuando te estiras. El discurso está muerto. Abres, de a poco, abres la puerta. Notas el barniz seco, inacabadamente desgastado. El olor evaporado, inerte, estéril. Ella de espaldas a pocos metros y a pesar de la poca luz puedes reconocer los tramos de su cuerpo. Ya no son los (mismos tramos) de ayer, pero serán los de mañana.

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