LA INFLACIÓN Y UNA CULTURA DOLARIZADA

Un intento de explicar uno de los karmas de la economía uruguaya y el origen del amor al dólar de esta sociedad.

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La inflación es el aumento sostenido del nivel general de precios de bienes y servicios. Así es como se define en cualquier clase de primer año de economía o de otra carrera similar que trate el tema. Genera pérdida de valor de la moneda, y conduce a que los precios que están expresados en unidades monetarias aumenten. Llevado a términos terrenales, si hoy se puede comprar un producto con un billete de cien pesos uruguayos, pero dentro de un año el mismo producto sale diez pesos más, entonces ese billete ya no tiene el mismo poder de compra que tenía hace un año.

Este fenómeno tiene como particularidad un efecto engañoso. Desde la instalación de los Consejos de Salarios nuevamente en el país, estos han implicado un aumento salarial constante en la mayoría de los rubros industriales y comerciales. Si se supone que se toma en cuenta la inflación proyectada por el gobierno, se produce un aumento de un 5% en términos reales del salario de los trabajadores y en forma semestral. En principio, el trabajador tiene la percepción de que tiene más dinero en su bolsillo porque su aumento salarial es de un poco más de un 5% anual. Esta percepción lleva indefectiblemente a consumir más, pero si se asume que la inflación de un país está en un 1% mensual, anualizada llegaría a un poco más de un 12%. Entonces un trabajador gana  en los primeros meses poder adquisitivo, hasta que llega un momento en que el efecto inflacionario pasa al aumento salarial. Esto es lo que normalmente se conoce como pérdida del salario real (lo que se puede comprar).

Esta situación la pintó de cuerpo entero Juan Domingo Perón en 1945 cuando se instaló el fenómeno en la región. “Los salarios van por la escalera, y la inflación por el ascensor”, declaró el ex presidente argentino. Al primer piso puede llegar antes el que va por la escalera, en el segundo ya llegan iguales y en el tercero ya sacó una distancia considerable el último.

Cuando una economía está en crecimiento como la uruguaya en los últimos años, es normal que haya una inflación más o menos similar a la tasa de crecimiento que está teniendo el país, siempre y cuando esta se encuentre dentro de los rangos proyectados por el gobierno. En estos casos el alza en los precios supone un efecto secundario positivo, un mal necesario que acompaña al crecimiento. El problema radica cuando se desacelera el crecimiento y este fenómeno que representa un desequilibrio a nivel macroeconómico sigue aumentando.

Las causas que la generan son múltiples y existen muchas teorías al respecto. Una de las más clásicas conocidas es el incremento en el conjunto de dinero en manos del público (masa monetaria), que genera un aumento de demanda de bienes, y si la oferta no la acompaña, surge la inflación. Cuando se habla de demanda agregada, se refiere al total de los bienes y servicios demandados para el consumo privado, la inversión, los gastos del gobierno y las exportaciones. Cuando esta demanda es mayor a la ofertas incluyendo las importaciones, entonces se origina una presión inevitable sobre los precios.  Generalmente esto se da cuando el déficit del sector público es elevado y se tiene que acudir al financiamiento (el Estado se endeuda). También cuando el crecimiento de los salarios está por encima de la productividad genera presiones inflacionarias.

Existen otras variables no monetarias que también influyen en el incremento de los precios. En caso de que el petróleo a nivel internacional tenga un aumento relevante en su importe, hará aumentar el precio del combustible, lo cual implicará una suba inmediata en los costos de producción tanto para la industria como para el agro. Entonces, no sólo saldrá más caro el combustible, sino que prácticamente todos los bienes y servicios básicos. Esto va a llevar a que los salarios reales aumenten en algunos sectores, y también los costos de los mismos, lo que en definitiva termina por hacer subir los precios en todo. Este fenómeno denominado inflación de costos genera un espiral precios-salarios, porque suben los costos de producción, las empresas aumentan los precios y esto hace subir nuevamente los salarios. Este caso ocurrió en el país entre 1974 y 1978, durante las crisis petroleras.

Para medir la inflación en Uruguay se toma el Índice de Precios al Consumo (IPC), donde se valoran los precios de un conjunto de productos de bienes y servicios dentro de la canasta familiar básica. El encargado de recabar estos datos es el Instituto Nacional de Estadística (INE). La variación porcentual de los precios se calcula teniendo en cuenta el importe de un bien en un momento, menos el precio de él mismo en un periodo determinado del pasado. Al dividir por este último el resultado de la resta y luego multiplicarlo por 100, da la variación en términos porcentuales.

En setiembre de este año la inflación se disparó en Uruguay y esto puso en alerta al gobierno  que se había limitado en los últimos tiempos a  subir la tasa de interés de referencia por parte del Banco Central del Uruguay (BCU). Ésta opera como referencia para los bancos comerciales a la hora de negociar con sus clientes las tasas de interés. Entonces, cuando el BCU sube la tasa de referencia, disminuye el atractivo de prestar para los bancos, por lo tanto, repercute en una disminución de la oferta monetaria en el mercado.

Esta medida es uno de los caminos más ortodoxos en política monetaria, porque se encarece el crédito, repercute en una baja en el consumo y la inversión. Se reduce la demanda y en definitiva se terminan conteniendo los precios. El problema cuando se suben las tasas de interés, es que los operadores del mercado salen a vender dólares aprovechando la tasa que está pagando el BCU, y se genera una presión inevitable a la baja del dólar.

Una divisa baja lleva a que Uruguay esté caro para el turista de otro país, sobre todo de la región. También a que los sectores de exportación de la economía tengan problemas, porque sus costos al estar en pesos uruguayos se encarecen en términos comparativos (venden en dólares y compran en pesos) y pierden competitividad. Ante esto, el BCU tiene que salir a comprar dólares al mercado, saca divisas de circulación y evita que la moneda norteamericana siga bajando. Este último razonamiento se basa en oferta y demanda principalmente.

Actualmente el gobierno uruguayo se encuentra ante la posibilidad de que la inflación en el año 2012 supere la barrera psicológica de dos dígitos. Para el mes de noviembre por medio de un acuerdo con el sector privado se congelaron y redujeron los precios de una canasta de productos significativa, pero esto no es una política macroeconómica sino que consiste en afectar directamente al IPC. A corto plazo esta medida es efectiva, pero esto no indica que la inflación se vaya a desacelerar. En algún momento se ajustará.

Según la mayoría de los especialistas en la materia, sin una moderación en el aumento de los salarios, una mejor administración del gasto público y un mayor incentivo para el ahorro en el sector privado, esta medida no será suficiente para frenar la inflación en el país.

Un dólar bajo y una inflación relativamente alta lleva al país a tener problemas de competitividad con sus vecinos, que devaluaron su moneda reduciendo sus costos en términos comparativos. Esto les da a Argentina y Brasil una importante ventaja competitiva con respecto a Uruguay y esta es una de las principales preocupaciones del gobierno. Este es uno de los grandes problemas que tienen hoy los países europeos en crisis, al tener una moneda única no pueden devaluarla.

No es casualidad o antojo el hecho de que Uruguay tenga una cultura desde hace muchos años de ahorrar en dólares. Más allá de cierto aspecto psicológico de confiabilidad sobre esta divisa, la historia uruguaya en términos inflacionarios ha generado esta conducta. Si bien en los últimos diez años el promedio ha sido de 8,5%, existen en el país algunos picos híper-inflacionarios desde el surgimiento de este fenómeno como concepto, luego de la Segunda Guerra Mundial.

En el año 1968 el país alcanzó una inflación de 180 %, la máxima en su historia. Esto llevó al presidente de aquel entonces, Jorge Pacheco Areco, a aplicar lo que se llaman políticas de shock, congelando los precios y salarios en procura de frenar la inflación. Estas medidas lograron algunos resultados a corto plazo, pero sus reales consecuencias llegarían algunos años más tarde.

Otros picos se dieron entre 1974 y 1978, que llegó a un 80%. Esto implicó la creación de la “tablita cambiaria”, que consistía en un tipo de cambio único, fijado por la autoridad económica y ajustada mediante minidevaluaciones preestablecidas con meses de anticipación. Su objetivo era que se alinearan los demás precios de la economía a esta, pero la realidad mostró que la inflación creció mucho más que el dólar provocando un acentuado “atraso cambiario”. El atraso cambiario se da cuando el valor del peso con respecto al dólar se incrementa en menor proporción a los aumentos inflacionarios.

El 26 de noviembre de 1982 el Banco Central anunció que se retiraba del mercado cambiario, lo que provocó una alta devaluación del peso, que pasó de 14 por dólar a 45 en dos meses. Esto también llevo a un brutal endeudamiento en dólares, algo similar a lo ocurrido en 2002.

A fines de los ochenta la inflación en Uruguay rondaba en torno al 120% anual, y llegó en el año 1993 a 138 %. Esto generó lo que se llamó la política estabilizadora del gobierno de Luis Alberto Lacalle, donde se buscaba normalizar las variables económicas delimitando la intervención estatal.

Las medidas más relevantes del gobierno de esa época fueron: controlar la inflación, establecer un anclaje cambiario, ajuste fiscal buscando sanear las cuentas públicas y un asentamiento salarial mediante la eliminación de la negociación colectiva.

Es el comportamiento y la volatilidad de la propia moneda uruguaya la que genera incertidumbre. La evolución altamente variable históricamente en Uruguay es lo que lleva a que se pierda confianza en la moneda nacional, y por ende se busque ahorrar en divisas. La moneda norteamericana cumple con los tres requisitos fundamentales: es moneda de cambio, o sea, tanta cantidad de dólares valen por un bien. Segundo, es referencia de valor. Por ejemplo, un auto vale tantos dólares. Y por último, tiene reserva de valor (condición que generalmente no cumple el peso uruguayo). Es decir, que si se guarda una cantidad determinada en esta moneda, al año siguiente sirve para comprar lo mismo. No se desvaloriza y esta es una de las razones por las que los precios de los bienes más caros están siempre dados por esta moneda: casas, autos, maquinarias, etc. En definitiva, el tipo de cambio es la manera en que un país puede adecuar su idiosincrasia para competir con el mundo.

Según un informe realizado recientemente por el portal La Nación de Argentina, Uruguay se encuentra tercero entre los países de América del Sur con más inflación acumulada, superado solamente por Argentina y Venezuela.

La cultura dolarizada uruguaya implica el ahorro en dólares para protegerse de la pérdida de valor del peso, y esta cultura nació básicamente con la inflación.

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